Innovación y obsolescencia en I+D: La cara oculta de la evolución tecnológica
En 2026, todo avanza como un cohete. La IA nos lleva a la rapidez, la inversión en empresas tecnológicas rompe límites absurdos y, en general, el avance en el sector es abrumador.
A todo el mundo parece encantarle la situación; da la impresión de que los laboratorios de I+D recorren un camino de rosas donde todo es emocionante, pero la realidad está mucho más alejada de eso.
El impacto en las personas
En este escenario resaltan dos corrientes de pensamiento totalmente opuestas: la de la persona a la que esto le motiva y, por otro lado, la de aquella a la que le supera. Lo que ambas personas comparten, aunque parezca contradictorio, es la ansiedad. Ansiedad por no llegar o por quedarse atrás; es decir, por quedar «obsoleto».
Aunque tanta incertidumbre pueda generar desconcierto, es vital entender (y no por conformismo) que no hace falta llegar a todo. Siempre nos han inculcado la importancia de trabajar codo con codo, y hoy más que nunca necesitamos apoyarnos mutuamente. Al final, no somos nodos independientes atrapados en sistemas aislados; tenemos un propósito común que va mucho más allá de cualquier KPI: nuestro bienestar emocional e intelectual.
Valoremos lo cotidiano
Podemos aprender de la persona que se sienta al lado, aunque tengamos perfiles y motivaciones completamente distintos, o vengamos de lugares diferentes. Nunca se me olvidará, por ejemplo, la masterclass de electricidad que nos dio una vez Félix a raíz de un calambrazo de estática con la puerta; y es que el mejor conocimiento no es el que se paga, es el que se comparte.
Lo mismo ocurre con las ideas locas que surgen de camino al café por las mañanas: entre frikadas, de vez en cuando salimos con un nuevo artículo o libro bajo el brazo, tecnologías por probar o proyectos a desarrollar que, al final del día, nos hacen crecer tanto profesional como personalmente.
El broche final
Volviendo a la idea de complementarnos: la diferencia y la imperfección es, precisamente, lo que hace que todo funcione. El secreto está en aprender mutuamente, en intercambiar conocimientos y reflexiones y, sobre todo, en no tener miedo a hacer preguntas que puedan parecernos «tontas», entendiendo que tampoco existe una pregunta absurda cuando nos la hacen. Ese es el ambiente ideal en I+D.