
Lo informal como parte de la estrategia
Lo que realmente hace que un equipo funcione no siempre está en los manuales ni en los informes: está en las personas y en los lazos invisibles que crean entre ellas.
Introducción
Hay elementos en el trabajo que no aparecen en los organigramas ni en los informes de resultados, pero que marcan la diferencia cada día. Son esos lazos que no están en las descripciones de puesto, que no se miden en un KPI, y que sin embargo hacen que un equipo funcione, que un conflicto se desactive a tiempo o que una tarea salga adelante cuando parecía trabada.
Hablamos de las redes informales: relaciones humanas, afectivas y espontáneas que no siempre se pueden definir, pero que todo el mundo percibe.
Qué son las redes informales (y por qué importan)
Las redes informales son los vínculos personales, no jerárquicos ni estructurados, que se crean de forma natural entre personas en una organización.
Son esas conexiones que permiten intercambiar ayuda, confianza o simplemente una conversación honesta fuera del marco formal.
No siguen líneas de reporte, pero generan puentes. No se diseñan desde dirección, pero impactan en toda la organización.
Estas redes permiten compartir dudas sin miedo, resolver bloqueos entre áreas, encontrar caminos alternativos cuando el procedimiento falla, o simplemente sentir que alguien te acompaña.
Son canales paralelos a lo formal, no por deslealtad al sistema, sino porque el sistema no lo puede todo.
Lo intangible que lo cambia todo
Cuando hablamos de relaciones informales, de climas de equipo o de cómo nos sentimos al trabajar con otras personas, no hay datos exactos que lo midan.
No existen gráficas que digan con certeza cuánto influye una broma a tiempo, una palabra amable o un ambiente de confianza.
Y sin embargo, todos sabemos —sin necesidad de medirlo— lo mucho que eso cambia todo.
No se puede medir con exactitud el «buen rollo» en un lugar de trabajo, pero todos rendimos mejor cuando estamos a gusto.
Nadie incluye en su currículum “sé generar un buen ambiente”, pero todos queremos trabajar con alguien que lo hace.
La satisfacción laboral crece cuando hay confianza, la productividad cuando las personas se sienten cómodas, y el rendimiento se desploma cuando el clima se enrarece.
No hay informes que recojan una mirada cómplice en una reunión complicada, ni una métrica que evalúe el tono amable de un mensaje a última hora.
Y sin embargo, eso —lo invisible— es lo que sostiene muchas veces lo visible: los resultados, los proyectos, los equipos que funcionan.
En todos los datos hay algo de informal, algo intangible, y a veces lo más valioso no está en lo que podemos contar, sino en lo que se siente mientras se trabaja.
Cómo cuidarlas sin forzarlas
Las redes informales no se pueden planificar, pero sí se pueden favorecer.
Algunas formas de hacerlo desde una organización como IED incluyen:
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Generar espacios no jerárquicos para la conversación espontánea y el intercambio transversal.
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Valorar las habilidades transversales, no solo las competencias técnicas.
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Fomentar la cultura de la ayuda mutua.
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Dar tiempo al encuentro: lo informal no es pérdida de tiempo, es una inversión.
Las redes informales son tan complejas como cada una de las personas que componen la empresa; con su forma de ser, sus historias, sus problemas…
Por lo que a veces puede parecer un reto encontrar la forma de fortalecerlas.
Sin embargo, muchas veces no requiere grandes inversiones ni estrategias complejas, sino de llevar a cabo pequeños gestos conscientes y dejar que el resto fluya solo.
El simple hecho de cambiar la cafetera de sitio y colocarla en un espacio común puede transformar dinámicas.
Ese nuevo punto de encuentro genera cruces entre personas que normalmente no interactúan, favorece conversaciones espontáneas y crea oportunidades para compartir ideas, dudas o incluso apoyos emocionales.
Algo tan cotidiano como coincidir cinco minutos frente a una taza de café puede sembrar vínculos que luego se traducen en colaboración, confianza y una cultura más cohesionada.
Conclusión
Las redes informales no compiten con la estructura formal: la humanizan.
Allí donde los procedimientos no llegan, llegan las personas.
Y aunque no podamos representarlas en un gráfico o medirlas en un indicador, su valor es evidente.
Porque lo que hace que una organización funcione no es solo lo que está escrito, sino los vínculos humanos que se construyen día a día: la confianza, la complicidad, la risa compartida, la ayuda que no se pide y, sobre todo, la voluntad de cuidar lo común.
Porque al final, las conversaciones del lunes siempre empiezan con un: «¿Qué tal el finde?»